Los escenógrafos
Los escenógrafos 2 de febrero de 2018

Las historias del Real - Capítulo 24

La historia del Teatro Real contiene pasajes dignos del libreto de alguna de las grandes óperas que han sido representadas sobre su escenario. Con motivo de la celebración de su Bicentenario, rescatamos, a razón de un artículo por cada programa de mano, algunos de los momentos únicos –desde acontecimientos históricos hasta geniales curiosidades– que se han vivido en esta casa de la ópera.

En el Teatro Real histórico el elemento primordial del espectáculo era la voz humana. Todo el resto, incluida la puesta en escena, eran piezas importantes, apreciadas, pero en absoluto esenciales.
 
Reconstruir ahora el trabajo de los escenógrafos tiene dificultades. Su trabajo era efímero, con materiales reutilizables y no perdurables. La tela, y más tarde el papel, restisten mal el paso del tiempo, la acción de la humedad o el fuego. Y eso suponiendo que alguien hubiera querido guardarlos, que no era el caso.
 
Nos quedan dibujos preparatorios, copias en pequeño formato, grabados de la época (donde no se sabe si los errores de perspectiva son defecto de la escenografía o de la impericia del grabador). Y nos quedan los elogios y las críticas de los contemporáneos. Tan volubles, tan poco fiables, tan mercenarias como las actuales.
 
Las prisas por inaugurar el teatro en 1850 repercutieron en las escenografías. Se trajo de París al famososísimo Philastre, que se encargó de la maquinaria, del telón de maniobras, del techo de la sala y quizá, solo quizá, pintó alguna decoración. Las fuentes de la época dicen que las primeras decoraciones eran de Francisco Aranda, que las pintó antes de saber qué titulo se iba a programar. Por lo tanto La favorita se representó con decoraciones genéricas. Daba igual, porque cantaba la Alboni. En cambio, Eusebio Lucini pintó los decorados para el segundo título sabiendo que sería I puritani.
 
Lucini fue el pintor contratado en el teatro durante las seis primeras temporadas. El encargado de crear la dotación del teatro, es decir, telones genéricos que se usan en diferentes títulos. Pintados por él o recuperados del Teatro del Real Palacio y del teatro del Liceo Artístico y Literario, se arreglaban, se repintaban un poco, y quedaban listos para ser usados de nuevo.
 
Desde el primer momento los escenógrafos pelearon con la falta de un taller, de un espacio donde pintar en el suelo una tela de 18 por 10 metros. Empezaron en un cocherón del Palacio Real, también usaron el zaguán del teatro y talleres privados de los pintores, pero casi hasta el final del XIX no hubo un taller y almacén propio del Real. La falta de almacén y las ventas de efectos hicieron que desapareciera todo el trabajo anterior. Los telones viejos se lavaban en el Manzanares y se repintaban. Si nos estaban muy mal se “refrescaban” sin lavar siquiera.
 
A Lucini le sucede Augusto Ferri. Se le contrata en 1857, pero no heredó de su padre la precisión en la línea y la perspectiva. Si en algo sobresalió fue en el paisaje.
 
El nombre que mejor representa la historia del Real es el de Giorgio Busato, aprendiz en el taller de Ferri padre. Era un genio de la perspectiva y del color. Vino a Madrid con Ferri hijo, y cuando este se volvió a Turín, trabajó en solitario hasta su despedida del Teatro en 1899 con el estreno de La valquiria. Su obra cumbnre es el barco para La africana en 1865, copiado del modelo de París. Es corpóreo, se mueve, cabe dentro todo el coro, soporta temporales… El primer año se repone cuarenta y nueve veces. El total el barco de Busato “navegará” por el escenario del Real en 268 ocasiones.
 
Lo normal era pintar escenografías genéricas, que pudieran servir para varios títulos. Hasta el año 1914 todas las escenografías se pagaban al mismo precio, independientemente de la calidad de tela y de trabajo que conllevaran. Los escenógrafos tenían plantillas ya preparadas, con el delineado hecho, que replicaban constantemente, tanto para otros teatros como para vender cuadros, que estaban muy de moda.
 
En 1899 entra Amalio en el Teatro Real. Su presencia es intermitente porque en 1902, después de la primera temporada del empresario Arana, Amalio se va, y vuelve cuando cambia la empresa del teatro. Había heredado el taller de Busato, pero lamentablemente todo ardió en un incendio en 1918.
 
En los últimos años del Real empiezan a utilizarse decorados pintados en papel; la iluminación eléctrica cambia la forma de pintar y la manera de mirar, y el naturalismo de cartón piedra de los decorados corpóreos marcan el ocaso del telón pintado.