La plaza del Teatro
La plaza del Teatro 12 de mayo de 2017

Las historias del Real - Capítulo 13

La historia del Teatro Real contiene pasajes dignos del libreto de alguna de las grandes óperas que han sido representadas sobre su escenario.

Con motivo de la celebración de su Bicentenario (1818-2018), rescatamos algunos de los momentos únicos -desde acontecimientos históricos hasta geniales curiosidades- que se han vivido en esta casa de la ópera.

Actualmente nos parece que la plaza de Oriente se abre alrededor del Teatro Real, pero el principio de la historia es exactamente al revés: fue el teatro el que se coló en el diseño de la plaza.

José Bonaparte es el primer rey de España que se da cuenta de que la fachada principal de su palacio, o sea, la fachada sur, que mira hacia el profundo corte de la calle Segovia, no le sirve para relacionarse con la población de Madrid, por lo que da orden de despejar la fachada este. Solo le da tiempo a realizar los derribos de todas las edificaciones que albergaban múltiples dependencias y servicios del palacio. Será Fernando VII el que encargue la futura plaza de Oriente. El tiempo ha dado la razón al rey francés, y todos los jefes del Estado que le han sucedido en España (reyes, presidentes, regentes o dictadores) se han asomado al balcón de la fachada lateral del Palacio Real para ser aclamados por la población.

Fernando VII ordena hacer una plaza en el inmenso solar que había dejado Bonaparte. Tenía entre su palacio y la población de Madrid el espacio que resulta de unir las actuales plazas de Oriente y de Isabel II con el Teatro Real. Como a ese lugar llegaban dos cursos de agua subterráneos, la descripción del arquitecto es demoledora: «No solo está lodozosa y pantanosa porque su piso es de tierra movediza y de escombros, sino en extremo desigual, llena de cárcavas, prominencias y además tan desamparada y obscura que presenta riesgos de varias clases, y de todas se han verificado, perdiendo la vida alguno, y siendo maltratados varios, por ser robados o por haberse precipitado en la grande hondonada que ha quedado en el terreno que se decía el Jardín de la Priora». La situación ideal para llegar a palacio bien manchado. Con el diseño de la plaza terminado y aprobado, es declarado en ruina el antiguo Teatro de los Caños del Peral y el rey da orden de incorporar un nuevo teatro a la nueva plaza. 

En 1818 empiezan simultáneamente las obras de la plaza y del teatro. Primer malentendido: el Ayuntamiento de Madrid acabará contestando que el teatro viejo, el derribado, era municipal, pero que si el rey quiere un teatro nuevo en su plaza, deberá pagarlo él mismo.

Esta es una característica fundamental. La plaza era un proyecto de la Real Casa encomendado al arquitecto mayor de palacio, Isidro González Velázquez; en cambio, se pensaba que el teatro era de propiedad municipal, por lo que se le encarga el diseño al arquitecto y fontanero mayor de la villa, Antonio López Aguado. Los dos son alumnos de Villanueva, sucesores de su maestro en los diferentes cargos y, además, cuñados entre sí. El arquitecto real apenas modifica el diseño de su plaza. Se limita a colocar en ella el perímetro que debe ocupar el teatro. El proyecto iba a romper la tradición española de plazas rectangulares para adoptar un diseño de gusto muy francés (¿otra herencia de Bonaparte?) de plaza redonda. Todas las fachadas de los edificios, incluido el futuro teatro, serían curvas, con una columnata delante y con un desarrollo posterior de forma radial que aumentaba paulatinamente la superficie de cada edificio. El arquitecto municipal se encontró con una reserva de suelo enorme, pero con una forma harto ingrata: el hexágono irregular que tan familiar se nos ha hecho hoy en día y que define una planta de teatro que es única en el mundo.

Al final, por problemas presupuestarios, de todo el proyecto de la plaza de Oriente lo único que llegó a construirse fue el teatro, que había nacido con una forma condicionada por una plaza que jamás llegó a ver la luz. El actual aspecto de la plaza no tiene nada que ver con la idea original, y proviene del proyecto de 1843, cuando se decidió hacer una plaza rectangular, con cabecera curva, con solo dos manzanas de viviendas a los lados del teatro y con la estatua ecuestre de Felipe IV en el centro rodeada por estatuas de los reyes españoles. Con algunas modificaciones, sobre todo en la colocación de las estatuas y eliminación de las rejas que aislaban los jardines, ese diseño isabelino es el que ha llegado hasta nuestros días.