La fuerza pública
La fuerza pública 7 de noviembre de 2017

Las historias del Real - Capítulo 16

La historia del Teatro Real contiene pasajes dignos del libreto de alguna de las grandes óperas que han sido representadas sobre su escenario.

Con motivo de la celebración de su Bicentenario (1818-2018), rescatamos algunos de los momentos únicos -desde acontecimientos históricos hasta geniales curiosidades- que se han vivido en esta casa de la ópera.

En el real, como en todo lugar de pública concurrencia y numeroso aforo, las fuerzas del orden están presentes por si fuera necesario intervenir. Las primeras noticias no guardan relación con cuestiones artísticas: en 1850 se encomendó a la Guardia Civil la vigilancia de los exteriores del teatro y la organización del tráfico de carruajes a la entrada y salida de las funcoines. Pronto hubo un incidente entre un guardia civil y el presidente del Consejo de Ministros, el general Narváez, al que se le cortó el paso y se le obligó a seguir la misma ruta que al resto de vehículos. El duque de Ahumada tuvo que presentar su dimisión a Narváez para evitar que el guardia, que había cumplido las órdenes recibidas, sufriera la cólera del general.

La policía, por su parte, repartía en el itnerior del teatro sus desvelos entre el público y los artistas. En 1857 el periódico La Discusión publicó: "Anoche fueron conducidos al Gobieron Político, en calidad de arresto, varios espectadores del Teatro Real que, ignorando lo que previene el reglamento interior de dicho coliseo no publicado hasta ahora, aplaudieron la salida de la señora Penco".

En 1893 se estrenó la ópera Los maestros cantores de Núremberg, de Wagner. Se supo que el tenor De Marchi se negaba a aprenderse su papel y hubo protestas de la incipiente, reducida pero muy belicosa, afición wagneriana, con lanzamiento de octavillas y alborotos con las consiguientes detenciones durante las representaciones. Esas detenciones realizadas en el Real eran tan breves que los arrestados durante el primer acto eran llevados a la Puerta de Sol a declarar y estaban de vuelta en el Teatro Real para asistir al final de la ópera. Y volvían a alborotar.

Con los intérpretes la policía intervenía en caso de incumplimiento de contrato o de obligaciones: en 1885 hubo un pequeño escándalo cuando Masini abandonó el teatro al final del penúltimo acto de Los hugonotes, enfadado por las protestas del público. La función se acabó sin tenor y el gobernador civil, conde de Toreno, le impuso al cantatte una multa de 500 pesetas.

En 1908 estaba contratado el director Gaetano Barbagnoli, pero no llegó a debutar. Estaba ensayando Aida y le debió de entrar miedo ante el feroz público de las alturas del Real. Fue detenido cuando intentaba marcharse de Madrid: los empresarios le habían denunciado porque ya había cobrado el anticipo. Le avaló el bajo Mansueto y pudo volver a Italia. Le sustituó Ricardo Villa.

El incidente con el barítono Riccardo Stracciari ilustra los diferentes tempi de la justicia española y el transporte ferroviario en 1911. Un desacuerdo contractual llevó a la empresa del Teatro Real a denunciarle, y Stracciari fue detenido en la Estación del Norte cuando se disponía a marchar hacia Francia. Fue llevado ante el juez, que le tomó declaración. Hubo que buscar un avalista, Ramiro Lezcano, que se personó también ante el juez y se hizo cargo de la fianza del cantante. Todo eso en menos de dos horas, porque Stracciari volvió a la estación y tomó su tren, el sudexpreso del norte, que ese día tuvo 120 minutos de retraso hasta que quedó expedita la vía, bloqueda en Ávila por la nieve. Gracias a eso sabemos que el barítono cobraba 49.000 francos por 20 funciones y al parecer, había cantado sólo 19.

A veces la policía tenía que ocuparse de asuntos más terrenales. En cada baile de máscaras durante los carnavales se presentan partes policiales sobre la detención de prostitutas (no precisamente ociosas) dentro del teatro, y cuando se empezaron a hacer públicos los rumores de los amoríos de Alfonso XII con la contralto Adela Borghi, conocida como "la Biondina", la tradición oral cuenta que el presidente del Consejo de Ministros, Cánovas del Castillo, tomó la decisión de expulsarla para atajar el escándalo. El gobernador de Madrid, José de Elduayen, fue el encargado de llevar a la cantatne en su propio coche oficial a la estción del ferrocarril, donde la instaló en el expreso para Francia.