Visitantes ilustres
Visitantes ilustres 20 de octubre de 2016

Las historias del Real - Capítulo 9

La historia del Teatro Real contiene pasajes dignos del libreto de alguna de las grandes óperas que han sido representadas sobre su escenario.

Con motivo de la celebración de su Bicentenario (1818-2018), rescatamos algunos de los momentos únicos -desde acontecimientos históricos hasta geniales curiosidades- que se han vivido en esta casa de la ópera.

El Teatro Real, convertido desde el mismo momento de su inauguración en 1850 en uno de los principales coliseos europeos, compitió siempre por contratar a los mejores cantantes. Y lo consiguió: fue un excelente escaparate vocal. Mucho menor empeño puso en invitar a los creadores musicales.

Parece que todas las fuerzas se le fueron en traer a Giuseppe Verdi en febrero de 1863, pero lo cierto es que la figura de Verdi era, en ese momento, la mejor representación de los compositores de ópera para la inmensa mayoría del público. Nunca ningún estreno se había preparado con tanto esmero: ensayos suplementarios, decorados nuevos, una campaña de prensa excepcional... incluso el público estaba aleccionado para que el maestro italiano quedara satisfecho con las representaciones de La forza del destino. El éxito fue total: Verdi salió a saludar once veces y luego fue recibido y agasajado por los reyes en el palco real. Durante esos días de 1863 el Teatro Real funcionó casi como un teatro moderno, con todo previsto y preparado.

No siempre era así. En 1882 la actriz Sarah Bernhardt se presentaba en el Real con La dama de las camelias. La demanda de localidades fue tan elevada que se dispusieron sillas suplementarias en el foso de orquesta. Pero en realidad todo esto ocurrió un día después de lo que estaba programado: con la compañía ya en Madrid, el furgón de equipajes –con el vestuario y los decorados– seguía todavía en Francia. Llegó 24 horas después.

Al año siguiente, Arrigo Boito asistió al estreno madrileño de Mefistofele. Era tal la novedad que, tras prepararla con veintiún ensayos, se programaron diez funciones, la última de ellas con carácter de función regia para agasajar a los reyes de Portugal, que estaban de visita oficial. Boito salió a saludar a escena y fue homenajeado en Madrid. Crítica y público discutieron mucho a cuenta del Prologo, lo que no empañó la buena impresión que produjo la nueva ópera. Mucho más anodina fue la visita a España de Giacomo Puccini en marzo de 1892 para el estreno de Edgar. Claro que entonces Puccini no era todavía el Puccini que hoy conocemos; sus grandes éxitos estaban aún por componer. Más famoso entre la prensa y el público era Camille Saint-Saëns, cuya musica era más habitual en los conciertos sinfónicos y su presencia en Madrid, como parada intermedia en sus viajes de Francia a Marruecos, relativamente frecuente. En 1897 y en 1908 vino al Teatro Real a supervisar personalmente los estrenos de sus óperas Samson et Dalila y Henry VIII. Pero, en el siglo XX, las grandes personalidades musicales que el Teatro Real invita son casi siempre intérpretes. Puede que a algunos los conozcamos mejor hoy en su calidad de creadores, pero en ese momento eran básicamente directores.

La serie de invitados la abrió en 1901 el director húngaro Arthur Nikisch al frente de la Sociedad Filarmónica de Berlín. El éxito fue monumental y se les aplaudió como a algo nunca antes escuchado. Un año después, Pietro Mascagni vino a dirigir una ópera de Mozart (Don Giovanni) con ocasión de una función regia. Nadie se molestó en señalar que, además de director, era el compositor de un puñado de óperas. No fue el caso de Ruggero Leoncavallo, que aprovechó la ocasión para dirigir en 1906 un concierto sinfónico con sus propias obras. Ninguno de los dos dejó recuerdo alguno en el público. Todo lo contrario ocurrió con los dos casos que veremos a continuación, pues los dos fueron acontecimientos sociales y culturales que acapararon la atención del público de Madrid. En mayo de 1908, precedida de una expectación enorme, llegó al Teatro Real la Orquesta Filarmónica de Berlín dirigida por Richard Strauss; las críticas fueron fabulosas. La orquesta tocó sobre el escenario, circunstancia que el empresario aprovechó para cubrir el foso con un andamio y un tablero para así ganar 200 localidades más. La butaca costaba 18 pesetas, el triple que en los conciertos de la Orquesta Sinfónica de Madrid.

En 1916, invitados por Alfonso XIII, visitan España por primera vez los Ballets Rusos de Sergei Diaghilev dirigidos por Ernest Ansermet. El rey se erigió como el «padrino del ballet» y los recibió a todos en palacio. El día 6 de junio se unió a la troupe Ígor Stravinski, que saludó desde el escenario pero no dirigió.