Ministerio de Fomento, sección Bellas Artes
Ministerio de Fomento, sección Bellas Artes 12 de mayo de 2017

Las historias del Real - Capítulo 14

La historia del Teatro Real contiene pasajes dignos del libreto de alguna de las grandes óperas que han sido representadas sobre su escenario.

Con motivo de la celebración de su Bicentenario (1818-2018), rescatamos algunos de los momentos únicos -desde acontecimientos históricos hasta geniales curiosidades- que se han vivido en esta casa de la ópera.

El Teatro Real, a lo largo de su historia, ha dependido de varios departamentos ministeriales. En el tránsito del siglo XIX al XX era responsabilidad del Ministerio de Fomento, sección Bellas Artes. Los documentos que han llegado hasta nosotros nos cuentan una historia de funcionarios circunspectos, prudentes, que procuraban, por lo general, no meterse en demasiadas honduras en lo que se refiere al teatro. Su máximo empeño parecía consistir en que el teatro funcionara de forma autónoma (bien o mal, eso no les preocupaba) y que la administración no interviniera. Pero sobre todo, para nosotros hoy, fueron funcionarios anónimos, sin cara.

Afortunadamente, existen libros de memorias que, a veces, abren una ventana insospechada para tener una visión desde dentro de la administración. Y entonces el panorama cambia. Sabiendo cómo trabajaban dan ganas de exclamar: «Pero, ¿en qué manos estamos? ». Y al poner nombre y apellidos comprobamos que el funcionario matutino era crítico musical vespertino. Y muy beligerante. Cabe la sospecha de si administró igualmente con un doble rasero.
 
Habla el periodista Luis Tabaoda: «Cuando Eduardo Chao dejó de ser ministro de Fomento, y cesé, por consiguiente, en mi cargo de secretario particular del ministro, se me destinó a la sección de Bellas Artes, de la que era jefe el inolvidable literato y crítico famoso Manuel de la Revilla. Formaban parte de dicha sección Antonio Peña y Goñi, Joaquín Aguirre, José de la Fuente Andrés y Rafael Salaya. En un mismo despacho teníamos todas nuestras respectivas mesas, y bien sabe Dios que casi ninguno se distinguía por su celo en favor de los intereses de la nación.
 
»Peña y Goñi se dedicaba a sus críticas musicales y a sus revistas de toros, que veían la luz en El Imparcial y le conquistaban muchos aplausos. Fuente Andrés escribía versos y yo colaboraba en varios periódicos gratuita y cariñosamente, con la esperanza de obtener algún día el apetecido galardón y los consuetudinarios comestibles. A nuestro negociado acudían muchas tardes el isigne Arrieta, amigo y admirador de Peña y Goñi, el bajo Selva y el barítono Boccolini, ambos pertenecientes a la compañía del Real, y no pocos aficionados a la música y los toros, que veían en Peña al sacerdote del frascuelismo y al pontífice máximo de la por aquel entonces naciente iglesia wagneriana.
 
»Puede decirse que en el negociado de Bellas Artes se hablaba de todo, de todo menos de expedientes, reales órdenes, minutas y demás zarandajas administrativas. Allí se discutían a diario las dotes de Pablo Herranz como compositor, y las de Wagner como banderillero y viceversa; allí se entablaban serios altercados –frecuentemente sobre si Lagartijo mataba mejor que Salvador Sánchez- y casi todos los días entraba alarmado el portero creyendo que nos estábamos pegando o que estaba ardiendo la oficina. Un jefe de negociado de la clase de los celosos, que ocupaba la habitación inmediata a la nuestra, sufría lo indecible porque no le dejábamos “estudiar los asuntos”, como él decía, y a cada paso entraba para suplicarnos que bajáramos la voz porque se hacía un lío y le estábamos corrompiendo las oraciones. La discusión cesaba a las cuatro de la tarde, hora de recibir al público. Entonces todos adquiríamos el aire solemne que caracteriza a los funcionarios, y nos disponíamos a contestar las preguntas que nos dirigían.
 
»Cuando el visitante se iba nosotros seguíamos discutiendo a Lagartijo y poniendo a la música italiana a los pies de los caballos, porque en aquel tiempo todo el que tarareaba algo de El trovador o Norma era un cursi y un salvaje».